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Pregón 2016. Manuel Pérez Mateos

Pregón 2016. Manuel Pérez Mateos

Bienvenidos todos al Fin de Semana Cidiano

Burgaleses y foráneos, amigos todos:

Quiero que las primeras palabras, desde esta atalaya de la ciudad que ha visto pasar siglos de historia, sean para mostrar mi agradecimiento. Agradecimiento por haberme honrado a mí y a la institución que represento, la Universidad de Burgos, al ser invitado a pregonar este Fin de Semana Cidiano. Se aúnan en él historia y tradición, en un marco festivo que se ha convertido en un magnífico vehículo de reivindicación de una de las figuras esenciales de la historia y la literatura españolas: Rodrigo Díaz de Vivar.

Os deseo a todos, y en especial a los queridos visitantes que nos honráis con vuestra presencia, que disfrutéis de estas jornadas con las que Burgos celebra a uno de sus hijos más universales. El Cid forma parte de ese Olimpo de héroes medievales como Roldán, Carlomagno o Ricardo Corazón de León. En ellos, tan importante es la realidad como la leyenda, la historia como la literatura, la verdad como el mito. Sus vidas estuvieron rodeadas de grandes hechos capaces de inspirar a juglares y literatos, escritores y artistas.

El Cid histórico

Nacido probablemente en Vivar, en sus primeros años se curtió luchando contra los anhelos navarros de arrebatar al reino de Castilla sus territorios orientales. Su juventud se desarrolló al servicio del buen rey Sancho II. Muerto éste, pasó a servir a Alfonso VI, monarca al que le unirían encuentros y desencuentros. La confianza del rey en el Cid pronto se trocó en recelos y reproches. Por ello, don Rodrigo organizó sus mesnadas a modo de ejército mercenario para ponerse al servicio del rey musulmán de Zaragoza. Sus grandes hazañas le hicieron merecedor del nombre de Sidi o Cid entre los musulmanes, y de Campidoctor o Campeador entre los cristianos. Su fama le reconcilió con su señor natural, don Alfonso. Eran momentos cruciales para el reino, en los que se lanzaron importantes campañas contra los musulmanes. El resultado fue la conquista de Toledo, en el 1085.

Pero quizá, el reino de Castilla era demasiado pequeño para dos gigantes como el rey y su vasallo. De nuevo, los celos y los enfrentamientos desembocaron en un destierro que llevó a don Rodrigo a tierras levantinas. Allí conquistó Valencia y creó, a partir del 1092, un principado en el que convivieron cristianos y musulmanes.

Los acontecimientos que le rodearon quedaron reflejados en crónicas oficiales. Pero también, juglares y músicos relataron y cantaron, por villas y aldeas, plazas y calles, los hechos del Campeador. Hicieron de él un héroe para el pueblo, y lo engrandecieron hasta extremos insospechados convirtiéndolo en un símbolo colectivo.

El Cid leyenda

Muy pronto, al sustrato histórico comenzaron a añadirse hechos más o menos reales que adornaban literariamente una historia ya de por sí grandiosa. Canciones y relatos fueron recogidos y transformados por el anónimo poeta que escribió el Poema de Mío Cid. Este vería la luz al filo de 1206 de la mano del gran pendolista Per Abat.

Historia y literatura llevaron a que a lo largo del siglo XIX algunos estudiosos negaran la existencia real de un personaje cuya auténtica vida era ya suficiente para ensombrecer relatos inventados. Fue Ramón Menéndez Pidal quien, en la primera mitad del siglo XX, realizó un esfuerzo no solo por demostrar la veracidad del Cid sino también por separarla de su carga literaria.

Un mito que no solo alcanzó su desarrollo en España. Francia tuvo en el burgalés en elemento de admiración que dio lugar a impresionantes obras literarias como El Cid de Corneille. También a grandes óperas como la de Massenet que, en plena época romántica, convirtió a don Rodrigo en una de las figuras más famosas al otro lado de los Pirineos.

Pasado, presente y futuro

Pero el Cid continuará también siendo un objeto de acercamiento para los niños, que quedarán fascinados por historias y relatos cargados de fuerza y dinamismo, de valores y aventuras, en un mundo tecnológico en el que su figura ya no solo será conocida a través libros, películas, series o documentales, sino también por videojuegos y redes sociales desde cuyos perfiles nos habla, a veces con sentido y rigor histórico, en otras ocasiones con un punto de vista crítico y en muchos casos con la sorna y el conocimiento que le dan la edad y la experiencia.

He aquí la grandeza de un personaje que, según la literatura, no solo ganó una batalla en su caballo después de muerto, sino que ha sido capaz de reinventarse y adaptarse a los cambios y tecnologías que ha vivido el mundo en los más de 9 siglos transcurridos desde su muerte.

Recorred Burgos tras sus pasos

A los foráneos que acudís a Burgos os deseo disfrutéis de la hospitalidad de una tierra milenaria que habla en cada rincón de nuestro paisano mas universal. Si podéis, acercaos a su Vivar natal, donde se custodió con celo durante siglos el códice del Cantar hasta que en un malhadado día del siglo XVIII saliera definitivamente del convento de clarisas para no regresar jamás.

Encaminaos más tarde a San Pedro de Cardeña, donde reposaron sus huesos hasta el siglo XIX. En este monasterio, su imagen y recuerdo salen al paso desde el atrio hasta los lugares más recónditos. Sentid el peso de la historia en la capilla funeraria en la que aún reposan muchos de sus descendientes que dieron origen a estirpes reales.

Regresad a Burgos y haced una parada en la glera del Arlanzón; un monolito conmemora la última noche de don Rodrigo antes de salir hacia el destierro. Recordad ahí los solemnes versos del Cantar en ese trance.

Ved la aguerrida estatua ecuestre de Juan Cristóbal que enfila el puente de San Pablo. En él, Lucarini representó también los grandes personajes que acompañaron al Cid en vida: desde Jimena a su malogrado hijo Diego, pasando por Jerónimo de Perigord, Ben Galbón o Alvar Fáñez.

Acudid al Museo Provincial, en el que se custodia una de sus míticas espadas, la Tizona, que le acompañó en la mayor parte de sus gestas. Pasad por este Arco de Santa María, en el que su estatua pétrea flanquea la figura del emperador Carlos V, en un acto de homenaje que los burgaleses quisieron rendir al gran monarca y a sus antepasados.

El Cid en la Catedral

Subid más tarde al Castillo. De camino, junto a la Puerta de San Martín, se ubica el gran monumento del siglo XVIII, en el solar en el que se alzaron sus casas. Bajad a la iglesia de Santa Gadea, en la que el Romance sitúa la mítica jura. Y, por fin, entrad en la Catedral. Aquí se recogen algunos de los elementos que prueban su existencia, como la Carta de Arras; otros, vinculados al Cantar y al Romancero, como el cofre de Rachel y Vidas; y lo que es más importante, sus despojos mortales y los de su esposa, trasladados a este templo en 1921.

Celebremos al Cid

Disfrutad de un Burgos cargado de historia, pero volcado en el futuro. Amable, hospitalaria, universitaria y cultural, este fin de semana la ciudad se siente orgullosa de celebrar a su hijo más famoso con desfiles y torneos, cabalgatas y narraciones, danzas y homenajes, juglares y romances.

Burgaleses: celebrad con ilusión estos días y guiad, como solo vosotros sabéis hacer, a los muchos visitantes que nos acompañan por nuestras calles y plazas en búsqueda de los susurros de la historia y la literatura.

Permitidme que para acabar el pregón desde este Arco de Santa María, antigua puerta de la ciudad, paso de ingreso a la urbe de reyes y héroes, y antigua sala de reuniones del Concejo Burgense, alce mi voz para gritar con todos vosotros:

¡Viva el Cid!

¡Viva Burgos!

 

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